Pumuky y Chesterton. Ternura y “Justicia Poética” en La Rambleta

El pasado martes pudimos ver la actuación de Pumuky en La Rambleta. Grupo liderado por los hermanos Jaír y Noé Ramírez, que dieron una lección magistral de saber hacer en el escenario. Pero vayamos por partes.

20151006_211736Antes de ver a los canarios pudimos disfrutar con la música de Chesterton. Un trío valenciano de rock punzante, tanto en letras como en sonido, con guiños, a ratos pop, a ratos stoner, pero siempre potentes. Ante un público escaso (amigos y madrugadores) tocaron temas del Ep que grabarán en un futuro “Tu casa qué asco“. Un grupo, sin duda, para disfrutar, pero a poder ser no un martes a las 9 de la noche.

20151006_222509Después del cambio de instrumentos y con un público más numeroso aunque también escaso, llegó el turno de Pumuky. Los canarios desplegaron toda su magia en el escenario y embulleron al público en su especial universo lírico. Y a la segunda canción ya estábamos todos enganchados, cantando bajito, cerrando los ojos y meciéndonos por las capas de sonido que creaban esa atmósfera tan especial.

Hicieron un repaso de cabo a rabo de su último trabajo “Justicia Poética“, empezando por el primer corte “Taniyama-Shimuya” y acabando con el electrizante “Crash“, que alargaron, como muchas otras, distorsionando guitarras, estirando notas de sintetizador y cantando casi al infinito. En medio de todo ese repaso de nuevos temas, también hubo tiempo para los hits anteriores como “Los enamorados“, donde el público, susurrando, cantaba Hagamos algo para enamorarnos otra vez, o “Si desaparezco“.

Jaír agradeció en muchas ocasiones que estuviéramos allí, pese al día elegido, y se le notó emocionado al presentar sus nuevas canciones, un trabajo del que, según él mismo, “se sienten muy orgullosos” y no es para menos. Si tenéis oportunidad no dejéis de escuchar “Justicia Poética“, pero mejor verlos en directo, porque la emoción casi se puede tocar, pese a llevar bases pregrabadas, en ningún momento se les notó incómodos ni encorsetados, para nada. Las canciones fluían relajadas y electrizantes a la vez, llenas de ruiditos, crujidos, atmósferas y densidad. Todo enmarcado por un juego de luces y humo que hacía imposible no sentirte en comunión con la actuación.

Simplemente, memorables y fantásticos.

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